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Déjame que duerma

Hasta entonces éramos unos simples juguetes, nos manejábamos según nos ordenaban nuestros antojos. ¿Nos queríamos? Menos que cuando hacia frío y tú, no corrías para abrazarme. Eras esa iglesia que se derrumbaba al notar como la fe de sus feligreses va decreciendo, me dabas tanto miedo que no podía ocultarlo, ni con mi mejor sonrisa era capaz de esconder el efecto que causaban en mi tus inmensos ojos negros. Pero, ¡qué demonios hice mal! ¡Por qué me tocó vivir este infierno de cabello dorado y esas preciosas facciones! por qué me asignaron esta incertidumbre que no para de avisarme que todo terminara algún día. Te quería tanto que se me hacia pequeño el mundo, tanto que me dolían hasta las ganas por estar a tu lado. Vuela cariño, vuela de una puta vez, aléjate y párteme el alma, pero hazlo ya, no sigas manteniéndome despierto ni un día más, deja que duerma para siempre…

Tanto que los días volaban sin saber donde llegarían…

Manuel Montalvo

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