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Deseo

Mientras tanto, jugábamos a querernos sabiendo que era mentira. Pensar que todo este tiempo lo estábamos tirando a la basura, me hacia no poder mirarte como el día que nos conocimos. Tú te reías sin querer y yo apartaba mis manos de ti porque sentía escalofríos al notar tu contacto. ¿Alguien podría explicarme por qué eso se acaba? Pues yo diría que todo se termina, cuando deja de doler, cuando el corazón empieza a latir de la misma manera que siempre. Por qué tu me alborotabas los días y yo peleaba por intentar seguir con mi vida adelante, era precioso. Pero eso, eso que tanto desordenaba mis días, eso que hacia que no entendiera nada pero a la vez lo comprendiera todo, eso que me hacía temblar sin poder controlarlo, en el fondo, era lo que movía mi felicidad haciéndome reír constantemente. Tus ojos impregnaban de vida un sentimiento que hacia años se había apagado. Que rabia que ya no exista nada, que rabia que se haya apagado la luz de una habitación que se llamaba deseo. Ese era tu nombre, deseo. 

Manuel Montalvo

  

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Abre tu corazón 

¡Ábrelo de una puta vez! Déjame entrar y desbaratar esa maldita vida ordenada que llevas. Déjame darle la vuelta a todo eso que has creado. ¡Sonríe! Sonríe cuando me veas llegar, aprieta fuerte los dientes y nota como tus manos sudan cuando me tienes cerca. ¡Deja ya de resistirte a algo que es imposible! ¿No te das cuenta que no puedes luchar contra algo que es más fuerte que la propia naturaleza? Si, eso es, eso soy. Ese torbellino que entra en tu casa y pone a funcionar todos tus  sentidos. Ese huracán que arrasa con tus miedos y esa monotonía que te esta haciendo ser una persona normal. Ese fuego que quema pero no destruye ¡Déjate ya de una vez! Déjame que te haga tan feliz que tengas que respirar hondo todas las noches antes de dormir porque los días han sido increíblemente intensos… Abre tu corazón, ya esta bien de tener una mierda de vida llena de horarios, costumbres absurdas y una estabilidad creada a base de lo que necesitas, no de lo que quieres. Déjame, por favor. No te resistas a este qué quiere ver como le miras todas las mañanas… 

Manuel Montalvo

  

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Niña atrevida

Ya son demasiadas las veces que me he despertado pensando que te tenía, intentando olvidar, o más bien no recordar, el momento que dejé que te marcharas. El viento sopla mas fuerte que tus palabras. He perdido un trozo que me hacia inmensamente mas grande y poco a poco, y con el paso de días que duran más de la cuenta, he podido entender que no solo te fallé a ti ignorando todo lo que eres y peor aun, todo lo que era cuando te sentía cerca. No se si ese fallo fue el resultado de un teorema que todavía no he conseguido resolver, o si lo hice para que siguieras creciendo a pasos agigantados, no lo se. Pero aun teniéndote agarrada desde mi sombra y dibujada en el muro de mis pensamientos, sé que no habrá distancia capaz de alejarnos. Y entonces, miro una puerta que esta abierta y no soy capaz de cruzarla. Quizá el gran fallo que tuve, fue creer que eras normal cuando sabía perfectamente que ni tan siquiera te acercabas a lo común. Pero no me he equivocado nunca contigo, y cuando decía que serias todo lo que quisieras, estaba en lo cierto. Pero sin llegar a saber realmente que lo que puedes llegar a alcanzar algún día, superará con creces cualquier sueño que hayas podido recordar.

 

Más que siempre, inexplicablemente todo. 

Manuel Montalvo  

 

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Loca atrevida

Una vez, me dijiste que te tenía loca. Lo pronunciaste mirándome el interior y con los ojos clavados en la poca cordura que me quedaba. También me dijiste que mis palabras te llegaban, sin darte cuenta que esos mismos que me atravesaban, hablan más que los mil textos míos que habías leído. Después te acercaste casi rozando lo prohibido. Te sentía temblar y en aquel momento no lo entendía. No sabia si lo hacías por estar cerca de algo que habías creado en tu propia mente o por la electricidad que desprendía el deseo de tenernos a esa distancia. Me asusté, si, lo reconozco. Porque esa bofetada de sentimientos no había dios que la aguantase. Entonces apoyaste tus dedos en mi mejilla, perpleja, sin apenas pestañear para que pudiera leer el libro que me ofrecías. Era un libro precioso, eran millones de páginas llenas de tanto sentimiento, qué inevitablemente te perdían entre la profundidad del relato más real jamás leído. Eras Tú, eso es. Tú en el más amplio sentido que puedan llegar a definir esas dos simples letras. Y encima me las ofrecías sin apenas saber cuál sería mi respuesta. Demasiada valentía la tuya para un corazón que hacia mucho tiempo que latía a un mismo ritmo. Pero lo hiciste, lo aceleraste hasta tal punto que mi organismo comenzó a mandarme señales destructivas. Me sudaban las manos, mi boca se secó, los ojos se me pusieron cristalinos y lo peor de todo, mis palabras temblaban por primera vez en mucho tiempo. Fuiste tanto ¡yo que sé! en aquel momento, que anulaste por completo esa gran capacidad de hombre persuasivo. Me convertiste en tan solo unos segundos, en un adolescente con muy pocos años de vida en su espalda. Me hiciste recordar que estaba demasiado vivo, a mi edad y con esa simple caricia…

Manuel Montalvo   

 

  

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